martedì 5 ottobre 2010

MALVA MARINA SON MIS NOMBRES

Malva Marina son mis nombres

Por Antvwala (Alberto Trivero Rivera)




Me llamo Malva, Malva Marina Trinidad Reyes Hagenaar, y soy una animita: una animita judía.
Me gustan mis nombres, porque la malva es una flor bonita: tiene un lindo color morado y yo soy una niña hermosa, como esa flor. Pero todas las animitas son bonitas: por lo menos, los de las niñas buenas, y yo fui buena. Mis ojos son castaños, mi pelo oscuro, mi sonrisa alegre, soy dulce y cariñosa. Es así como me recuerda Frederik, mi hermano adoptivo, con mi cara adorable y mi sonrisa hermosa. Me gustan mis nombres, porque me encanta el sonido del mar entre las rocas, impetuoso y majestuoso, el canto de cuna de la resaca en la playa, el perfume de las algas que se secan al sol, y el sentimiento de infinito que se prueba a escuadrarlo, hasta el horizonte, donde su color se confunde con el color del cielo. Me gustan mis nombres, porque son como un bello poema.
Amo el mar y ahora que soy una animita y puedo disfrutar mirándolo, su visión no me defrauda nunca. Sin embargo me morí sin conocerlo: en Gouda, un pequeño pueblo entre Rótterdam y Ámsterdam, en la primavera de 1943, cuando se encontraba ocupado por las tropas nazis. Allí está mi tumba. Yo tenía tan solo nueve años cuando me morí, pues había nacido en Madrid, en el año 1934, en el abochornado mes de agosto.


Malva Marina a la edad de 5 años. (Foto © Fred Julsing)


Las animitas no tenemos paz y siempre vamos penando. Algunas es por su culpa, es cierto; pero nunca lo es para las animitas de la niñitas, como yo. Ahora puedo entender lo que antes no lograba entender: y veo lo triste y desdichada que fue mi corta vida. Nací enferma, de esas enfermedades que no perdonan, es cierto, pero no por eso tuve tanta amargura. No fue la salud, lo que me faltó, sino el cariño de mi padre. Hendrik me recibió con cariño, es cierto: quizás me quiso como si yo fuera su hija, quizás. Pero no era mi padre. Hendrik y Gerdina me recibieron porque mi padre no me quiso, me rechazó.
“Pero, ¿por qué eres una animita?” alguien me está preguntando. “Las animitas no tiene descanso porque su vida fue cortada con violencia, de forma cruel… Y tu te moriste por enferma…”. ¡No! No es así. Yo me morí acuchillada: diez, cien, mil veces acuchilladas, desde el día que nací. Acuchillada por mi propio padre.
Pero vamos con orden…
Mi mamita se llamaba Maruca: así le decíamos, pero su nombre era María Antonieta Hagenaar Vogelzanz. Era muy joven cuando conoció a mi padre: demasiado joven. Mi mamita era holandesa, pero su familia vivía en Indonesia, en una hermosa ciudad: Batavia. Sin ser ricos, vivían en forma acomodada. Su ascendencia era hebrea, pero no practicantes: judíos asimilados, como se acostumbra decir.
Era culta, mi mamita, y muy alta y hermosa. Practicaba muchos deportes y sobre todo le encantaba jugar tenis. Y un partido de tenis fue su mala suerte: porque fue así que conoció a mi padre, que se llama Ricardo Reyes Basoalto, mas se hacía llamar Pablo Neruda. Él (no logro decirle ‘padre’) tenía 26 años cuando conoció a mi mamita: había sido nombrado cónsul de Chile en Batavia hacía unos pocos meses y era un poeta, bohemio y mujeriego. Para mi mamita, igual de joven, tal vez fue su primer amor. Se casaron el 6 de diciembre de 1930, unos cuatro meses después de haberse conocido.



Maruca Hagenaar y Pablo Neruda.


Son años difíciles. La crisis del ’29 tuvo un impacto terrible también en Chile y el Gobierno, para contener los gastos, decide serrar los consulados que no son indispensables, como el de Batavia. Fue por esta razón que ‘él’ y mi mamita en 1932 se fueron a vivir a Santiago. Ella no se halló bien, en Chile: no conocía la lengua, no le gustaba la vida bohemia, tuvo solamente a una amiga: María Luisa Bombal. Sin embargo, para mi mamita la felicidad era estar junto a su Pablo, no importa donde. Pero él ya se había aburrido de mi mamá: hablaba de ella con fastidio, sin ningún cariño, la gorreaba con sus amantes de antaño. A empeorar las cosas, la familia Reyes toma a mi mamita con antipatía: no les gusta, y no hacen nada para disimularlo. ¡Qué decepción, después de tanto enamoramiento!
Pero en 1933 parece que la situación puede arreglarse, todavía: al Poeta vuelven a nombrarlo cónsul de Chile, a Madrid esta vez. A fines de aquel año, mis padres se van a Buenos Aires, para embarcarse para Europa, y mi mamita se ilusiona con que todo volverá como antes: es una segunda luna de miel, aquella estadía en Buenos Aires, cuando me concibieron: o quizás fui concebida durante el viaje, en pleno océano, y es por eso que me llamaron Marina…
Yo nací el 8 de agosto de 1934, en Madrid, antes que se cumpliera el tiempo necesario. Él era contento, y mi mamita lo era doblemente: por haber nacido yo y por verle a él otra vez sereno. ¡Sin embargo fue una serenidad que duró tan solo un instante! A los pocos días, tuvieron que confrontarse con mi enfermedad, y entonces él me acuchilló: fue mi primera herida, la más profunda, la más dolorosa, la más definitiva. El Poeta fue ciego frente al poema de mis ojos, de mi promesa sonrisa, de mi dulce cantar todavía mudo. Sus ojos, que sabían ver la belleza hasta en un zapato roto, en mi vieron solamente mi enfermedad… “Mi hija, o lo que yo así denomino, es un ser perfectamente ridículo, una especie de punto y coma, una vampiresa de tres kilos”: es así que me vio.
Me rechazó a mí y también a mi mamita: se fue lejos, en búsqueda de otros amores y dos años más tarde, el Poeta embustero nos abandonó a las dos.
Si él no veía mi belleza, ¡otros sí la vieron! La vio Federico García Lorca, quien quiso dedicarme un poema:

¡Malva Marina, quién pudiera verte
delfín de amor sobre las viejas olas,
cuando el vals de tu América destila
veneno y sangre de mortal paloma!

El Elefante blanco está pensando
si te dará una espada o una rosa;
Java, llamas de acero y mano verde,
el mar de Chile, valses y coronas.

Niñita de Madrid, Malva Marina,
no quiero darte flor ni caracola;
ramo de sal y amor, celeste lumbre
pongo pensando en ti sobre tu boca.

Sin embargo, para “él”, yo nunca fui nada más que un monstruo ridículo con forma de punto y coma.
Cuánto me hubiera gustado que él me cargara, que jugara conmigo, que acariciara mi pelo, que escuchara mi canto. Porque no podía hablar, pero sí cantaba: siempre, todo el día, a pesar de mi amargura, o tal vez para apaciguar de alguna forma mi amargura. Durante dos años él se quedó con nosotras: para humillarnos, para menospreciarnos, para acuchillarnos día tras día. Dos años más tarde, era el 1936, nos abandonó. Fui inexacta: debiera decir “formalizó nuestro abandono”, pues nos había abandonado ya dos años antes, cuando topó con mi enfermedad.
¡Cómo no voy a ser una animita, cuando mi destino fue de morir ya antes de nacer!
Nos dejó solas en Montecarlo, sin tener donde conseguir lo más indispensable para sobrevivir, mientras él en Francia organizaba la salida de los republicanos perseguidos por la venganza fascista. Para ellos, sí que tenía preocupación; bien poca para nosotras. Si por fin logramos salir de Francia, se lo debemos a una persona desconocida, a don Julio Gaete, un dirigente del partido Conservador chileno que nos dio los medios para regresar a Holanda, cuando ya terminaba ese terrible 1936.
Tuve tan solo el cariño de mi madre, en mis primeros años de vida. “Es mi ángel, siempre tan paciente, siempre de buen humor. No nos molesta nunca”: así mi mamita escribió a su suegra en Temuco, refiriéndose a mi. A mí que no lograba hablar, pero cantaba durante todo el día. El escritor Luís Enrique Délano me recuerda “como una niña pálida, de cabellos y ojos oscuros, como los de Neruda). No hablaba, solamente miraba con sus ojos grandes y dulces, como asustados. Y cantaba”.



Malva Marina en brazo a su madre.


Tampoco en Holanda tuvimos paz. Los nazis invaden a la Polonia y es evidente que dentro de poco harán lo mismo con nuestra tierra holandesa. Los judíos tratan de arrancarse, lejos de aquella Europa tan enemiga. También mi madre trata de huir a Chile: es chilena, lo es por matrimonio, pues se separaron, es cierto, pero aun no habían divorciado. Sin embargo no logra arrancar de las armadas alemanas que ya se asoman a la frontera. Y no lo logra porque él mueves sus hilos, sus conocidos en la cancillería, y es así que mientras muchos otros judíos logran salir de Holanda y reparar en Chile, mi mamita tuvo que quedarse. Se lo dijo que no podía seguir conmigo sin ayuda; él lo sabía, pero no la ayudó.
Entonces conocí a otros padres y tuve hermanos.
Era el verano del 1939 cuando mi mamita me dejó donde una familia cristiana, al reparo de la furia animal de los nazis. Eran Hendrik Julsing y Gerdina Sierks, quienes tenían a tres hijos: Heika, de 8 años, Geesje de cuatro, y Frederik con solamente dos. Un par de meses más tarde, empezaba la II Guerra Mundial y en mayo de 1940, Holanda era ocupada por las tropas hitlerianas, las que daban comienzo al exterminio de la población judía.



Malva Marina en la casa de los Julsing. (Foto © Fred Julsing)



Me quisieron, los Julsing: sí, me quisieron y eran buenos. Yo esperaba con trepidación creciente a las visitas de mi mamita, soñando con que a su lado viniera también él, el Poeta, recapacitado, vuelto capaz de ver mi hermosura y la belleza de mis cantos, para llevarme lejos, más allá del océano profundo y de la blanca Cordillera, entre los bosques de araucarias. Pero esperé inútilmente, hasta que me morí de pena.
Mi cuerpo yace en un blanco sepulcro de Gouda, hecho polvo, y mi animita anda penando.



La tumba de la pequeña Malva Marina, descubierta por Antonio Reynaldos en el año 2004 en la pequeña ciudad de Gouda. (Foto © Antonio Reynaldos)



Poeta embustero: tu misma egolatría fue tu castigo y dejó sin vástago tu ser. Sólo quedan tus poemas, hechos de hermosas palabras cantarinas de lindos sonidos celebrados: el fruto de tu mano ligera cuando empuña la pluma, así como tan pesada fue cuando partió mi vida con un cuchillo carnicero. Son fruto de tu mente, tus poemas; no lo son de tu corazón estéril que no sabe amar.
Te tengo rabia, Poeta embustero, pero no te odio porque las animitas no podemos odiar.
Añoro al padre que no tuve: ¡cuánto hubiera deseado tenerlo! Añoro a los poemas que no escribiste: porque es mi cantar que habría inspirado tus versos más hermosos. Añoro a las caricias y a los besos que no recibiste: que yo te hubiera dado los besos y las caricias más dulces y verdaderas. Añoro a todo lo que no fue y habría podido serlo: y por esto es que soy animita y voy penando.
Malva Marina son mis nombres y voy penando, animita solitaria por los campos.




Achao, 5 de octubre de 2010 (© Alberto Trivero R.)

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